domingo, 17 de enero de 2016

En cualquier momento


Un nueve de Enero de año Dos mil diez y seis.

Quizá no vale tanto la pena escribir. A lo mejor solo lo hago para mí, para guardarlo y leerlo en un después. A lo mejor eso es, que estoy solo en el mundo y que todas las personas a mi alrededor en realidad son reflejos absurdos de mí; miles de millones de reflejos absurdos de mí, en sus múltiples y posibles formas que pueden ser.

Hay veces en que siento como si escribiera en una bitácora espacial, para que, aquel que encuentre mis escritos sepa como vivió este señor en la soledad del espacio y acechado por seres que no existen. ¿Cómo le explico a alguien que no conozco lo que representa este infinito espacio de soledad en la que me encuentro?

(Todo es simple creación de mi mente)

Son muchas las veces en que he dejado de creer en la posibilidad de la inmortalidad, volviéndome un simple ser más, viviendo para morir de una manera sencilla, sin llamar la atención. No es que todo esto sea lo inmediato contrario a la inmortalidad, buscar una muerte heroica, escandalosa que nos vuelva mártires de una noble y justa causa. He dejado de creer en todo eso…

¿No te da en ocasiones esas ganas de abandonar todo y largarte solo y únicamente con lo más indispensable sin un rumbo fijo, sin un lugar donde quedarse, sin saber nada más que de ti mismo?

Todo se resume y lo poco o nada importante que se vuelve todo a tu alrededor. Eso, donde te importa poco que se incendie el de a lado, que roben esto, que maten aquello. Todo se reduce a esa poca importancia que le comienzas a dar a todo, porque llegó ante ti una pregunta que desplomó lo cimientos de todo en lo que creías, ¿Qué tanto vale la pena luchar por ella, por ellos, por todos?

Hoy, que fue ayer y antier, escribo en mi bitácora espacial la poca y nada de importancia que causa ahora todo lo que antes me movía. Siento que en cualquier momento debo de largarme... sin decir más.


martes, 22 de diciembre de 2015

Perspectivas distintas sobre la peatonalización



“Caminar mirando de aparador en aparador 

es algo así como deambular de identidad potencial a identidad potencial”.

Williamson, 1986 [1]

Caminar representa para la humanidad sus raíces, marca la diferencia con otros seres porque nosotros andamos erguidos en dos pies por el mundo, por la ciudad, por las calles. Caminar representa la primera forma de llegar de un lugar a otro, nos proyecta toda una historia detrás de nosotros que nos recuerda ese gusto por migrar de un destino a otro y en un instante simplemente detenernos y elegir ese lugar que nos gustó para quedarnos.
Caminar representa nuestra evolución, nuestra vida diaria, nuestro ir y venir cada día de nuestra existencia. Caminar simboliza nuestro retorno a las raíces; curioso, que las raíces y los pies comienzan en el suelo, solo que las raíces no caminan. Eso es caminar.
Existen calles peatonales hechas con la mejor intención, pero el tiempo ha ido acabando con ese buen deseo y con ello los comercios locales que muchas veces muestran lo representativo de las tradiciones en la ciudad donde se encuentran. Caminar por una calle peatonal cualquiera y tropezar con que ahí donde estaba una librería ahora se encuentra un Wings Army, que a una cuadra de allí cerró un fotógrafo local para abrir otra franquicia. A unos metros había una nevería donde hacían la nieve en garrafas de metal y ahora está cerrado para darle paso a un Subway. Una mueblería local que cerró y en su lugar abrió un Sears, una tienda donde una señora vendía vestidos para las señoritas que iban a fiestas de quince años o a su graduación y en su lugar ahora se encuentra una franquicia de tés. Una peluquería también cerró y en su lugar abrió sus puertas un McDonald’s que sólo vende pequeños conos de insípida nieve. Aún sobreviven algunos negocios locales que tienen años en esa calle, pero nada muy distintivo de la pequeña ciudad donde se encuentra esa calle peatonal.
Se nota mucho la diferencia que hay entre caminar en calles así, que son idénticas a pasillos comerciales con tiendas que se pueden encontrar en cualquier otra ciudad, a por ejemplo las calles de Cholula, en Puebla, donde puedes entrar a una tienda donde encuentras los muchos dulces típicos que tiene la ciudad, o a un restaurante de comida típica, a una fonda de por ahí cerca; seguir caminando y llegar a pequeños comercios donde muestran sus artesanías hechas por los escultores de la ciudad.
O caminar por las calles de San Miguel de Allende que cierran el paso a los vehículos para darle preferencia a las personas que caminan por el centro, descubrir andando entre sus calles que en su inmensa mayoría se muestran cosas típicas del lugar, pequeños locales donde se pueden comprar puros hechos allí mismo; las iglesias antiguas, los hostales, las joyerías, caminar por la plaza y encontrarse con la bella fachada de su viejo mercado, llegar a otra iglesia y encontrarse en sus afueras a un vendedor de nieve de queso; entrar a comer a una pequeña fonda para descubrir en sus murales y en su decorado la historia taurina del lugar.
O caminar por las calles peatonales de León y encontrarse con una pequeña feria del libro, los hostales, las boticas, los restaurantes que tienen años asentados allí, las cantinas de más de un siglo, los niños jugando con el agua de la fuente de los leones, descubrir las placas conmemorativas que te cuentan la historia de la ciudad mientras caminas por ella, mirar y aprender su historia en sus edificios, concluir el día sentados a lado de una pareja de adultos mayores que alimentan las palomas que llegan volando a ellos mientras miran el atardecer.
Palacio Municipal de León, Guanajuato.
Palacio Municipal de León, Guanajuato.

No hace falta llenar nuestras calles de franquicias si nuestras tradiciones, artesanías, dulces y comida pueden enamorar al caminante de nuestra ciudad, motivarlo a explorar cada calle, contagiarlo de ganas de volver. Es gigante la brecha que existe entre estas diferentes visiones de las calles peatonales, entre caminar por calles al estilo de meros pasillos de centros comerciales de cualquier lugar, a caminar por la calle Hidalgo, Relox o Mesones en San Miguel de Allende; o Miguel Hidalgo, Francisco I. Madero o 5 de mayo en León, Guanajuato. Esa es la marcada diferencia entre ambas visiones de calles peatonales donde una denota una mayor perspectiva para obtener el mayor beneficio económico creando un pasillo comercial; mientras que la otra, nos muestra una perspectiva más social y más humana.

[1] Cornejo Portugal, Inés. (2007) El lugar de los encuentros: comunicación y cultura en un centro comercial. Universidad Iberoamericana; México, DF. Página 98.
Rocha Solis, Julio (2015) "Perspectivas distintas sobre la peatonalización." Animal Político. http://www.animalpolitico.com/blogueros-zoon-peaton/2015/11/11/perspectivas-distintas-sobre-la-peatonalizacion/

domingo, 14 de junio de 2015

My good fella

Martes, 02 de junio de 2015

“No te preocupes por mí, soy como los gatos y caigo de pie. Y no me duele cuando me hacen daño.”

Que difícil es decirle adiós a alguien que te ha acompañado a lo largo de tu vida por tanto tiempo. Gracias por todo, tal vez  nos veamos pronto. Le dije muy cerca de su oído para asegurarme que me escuchara, le abrace contra mi pecho y nuestras cabezas se juntaron. No le quería soltar, las lagrimas brotaron inevitablemente, su recorrido por el rostro hasta caer hasta su cuerpo; el llanto, la desesperación, los ojos ardiendo, las manos temblando. Miaw, e intentó ronronear para mí por última vez. Tomé sus patitas, miré sus ojos y miré en ellos felicidad y esperanza de estar en mis brazos. Miaw, nos dijimos adiós.

Quizá naciste un agosto del dos mil, junto a cuatro hermanos y tu mamá, pero decidí quedarme contigo. Uno de ellos idéntico a ti, pero él se fue, a quien sabe donde. Me encantaba como ronroneabas, más fuerte que cualquier otro que jamás haya escuchado y así mismo lo decían las demás personas que te escucharon. Tu mirada tranquila, tu paciencia, tu determinación. Tus peleas de joven, tus salidas a la calle, tus regresos herido y yo, curándote. Lo bueno de ti es que siempre te recuperabas rápido, como queriendo volver a luchar, como boxeador esperando el siguiente round y pegarle más duro al contrincante.

Engordaste tantísimo, como señor treintón. Y aún así seguías saliendo frecuentemente, te perdías durante días pero siempre regresabas como si nada. Dejabas el balcón lleno de plumas de las palomas que cazabas por las noches, a veces nos dejabas los restos de ellas en la puerta. A veces nos encontrábamos de regreso a casa. Tres, cuatro o cinco de la mañana y escuchaba tu miaw y yo volteaba con toda felicidad a buscarte entre los árboles, venias a mi corriendo para después abría la puerta y entrar juntos a la casa a comer algo. Te ibas por tus croquetas y yo al refrigerador a buscar que comer, terminábamos y nos íbamos al cuarto a dormir todo lo que se pudiera juntos. Brincabas con toda elegancia a la cama y comenzabas a ronronear tan fuerte como siempre, masajeabas con tus esponjosas y blancas patitas mi pecho y dabas cabezazos a mi cara para acariciarte más. Jamás dormiste junto a mi, ni en mis brazos, ni enrollado en el cuello, siempre buscabas tu propio espacio y así dormíamos por horas y horas sin parar hasta que uno de los dos –usualmente yo- decidía levantarse e ir a tomar y comer algo.

Te dejaba la luz prendida, la puerta del baño abierta… Que difícil es decirle adiós a alguien que ha estado tanto tiempo en tu vida, me acaba de pasar contigo. Hoy ya no estas bajo la mesa, junto a mis pies, ronroneando.

Sentí tu alivió cuando te tome en mis brazos, cuando te miré y chocamos nuestras cabezas. Sentí tu felicidad en tus mirada, cuando te levanté suavemente y te lleve conmigo. E intentaste ronronear por última vez. 

Lunes, 08 de junio de 2015

Eso de que te fueras sin más ni más me ha afectado hasta la médula. Mira que todo este tiempo me la he pasado dormido; comer, dormir, cenar, dormir, ad infinitum. A veces despertaba entre sueños, en medio de la madrugada escuchando tus miaws por debajo de la puerta. Eso que hacías para levantarme de la cama y darte de comer o solo para verme un rato y después irte a dormir.
Ya no te siento en mis pies cuando me siento a comer en la mesa, ya no tengo quien me acompañe a almorzar, a comer y a cenar. Ya no tengo quien me espere por las noches mirando por la ventana de la casa el momento justo en que llego. Ya no tengo con quien dormir hasta que el cuerpo duela, ni quien me arrulle por las noches con su ronroneo cerca de mi oído. Ya no tengo quien me contagie esa paz y tranquilidad que emanabas sentado en la ventana, mirando a lo lejos y esperando no sé que.

Domingo, 12 de junio de 2015.

Mira, que ni siquiera pude terminar de escribirte. Es tan doloroso.